Sentir quien eres

A veces siento quien soy y me invade una profunda paz. A veces mi pecera se llena de agua y puedo nadar y respirar sintiéndome por fin en mi lugar. ¿ Cuántas veces al día puedes tú sentir quien eres? Quizás en los instantes en que te paras a mirar el brillo intenso de la luna o te llega el olor a tierra después de haber llovido.

A veces siento que soy yo cuando por azar cesa el movimiento de mi cerebro y veo el mundo sin interpretarlo;  sin pensar sobre su belleza o fealdad, bondad o maldad, o sobre si me gusta o no me gusta.

A veces siento que soy yo cuando me fundo con tu olor o con el ritmo de la música al bailar.

A veces siento que soy yo cuando oigo el rumor de un arroyo, el gorjeo de un ave o cuando noto en mi cara la cálida y brillante luz del sol.

En esos momentos soy poco definible pues cambio tanto como cambia el mundo que miro; no me siento separada de lo que percibo.

Siento entonces la profunda certeza de saber quien soy; pero desaparece toda evidencia al ir de nuevo tras mi mente que gira y gira.

Otra vez mis sentidos se detienen en algún pequeño detalle y vuelvo a sentirme clara como el agua de un río que corre montaña abajo; comprendo entonces que si dejo de esforzarme y dejo a todo ser como es puedo ser quien soy y estar en todas las cosas al mismo tiempo.

Un lugar lleno de vida

 

 

Si no te sientes vivo, es porque vives todo el tiempo en tu cabeza, navegando entre pensamientos y emociones. Voy a intentar explicar esto un poco mejor…

¿Qué es la vida?, me pregunto. ¿Qué es realmente vivir? ¿Cuándo es que me siento realmente viva? Porque hay una muy clara diferencia entre vivir y sobrevivir.

Definiría la sensación de vida como sentirse centrado, conectado, con uno mismo y con lo que le rodea; en oposición a sentirse descentrado, disperso, fuera de uno mismo. Vivir es interactuar con el mundo mientras mantenemos una sensación de vitalidad y bienestar, a la vez que tenemos la certeza interior de ser mucho más que aquello que observamos.

Los espacios de vida se encuentran escondidos entre uno y otro pensamiento, es dentro de ellos donde podemos sentir la sustancia de la que estamos hechos. Todos tenemos la capacidad de habitar estos espacios que están más allá de las ideas y merece la pena intentar entrar en ellos pues al sentir lo que somos nuestro mundo se transforma en un lugar lleno de vida.

Una herramienta infalible para crear el espacio entre pensamientos es la observación. Se trata de observar todo lo observable, a nivel interno pensamientos y emociones y a nivel externo experiencias, situaciones de vida o personas. Todo aquello que puedas observar, interno o externo, es ilusorio, no porque no exista, sino porque existe solamente de forma fugaz. Es decir, es real mientras dura, pero está destinado tarde o temprano, cual aparición fantasmagórica, a desvanecerse.

Siguiendo con este experimento de la observación, lo que puede ser observado nunca forma parte de nuestra verdadera naturaleza, por lo que lo dejamos ir y seguimos observando y descartando hasta hallar lo único que no está sujeto al cambio: el observador. Así de sencillo y difícil a la vez.

Circunstancias, personas, estados mentales, pensamientos, sonidos, percepciones…. Nada de eso es lo que somos, identificarnos con ello tiene graves consecuencias: cada vez que las circunstancias cambian o las personas se van tenemos la sensación de morir con aquello que se va.

Solo podemos dejar de morir (y de sufrir) cuando dejemos de identificarnos con las cosas que vivimos y percibimos.

Nuestros pensamientos, que tan útiles y poderosos pueden ser si los utilizamos bien, si los seguimos ciegamente nos desequilibran y nos llevan a realidades donde no queremos estar. Los pensamientos son mágicos pues nos llevan literalmente de una a otra realidad, pero no forman parte de una realidad mucho más vibrante de vida que puede percibirse solo cuando no pensamos.

A pesar de lo útil del pensamiento positivo y focalizado, lo cierto es que estamos y nos sentimos vivos solamente cuando no estamos pensando. El pensamiento es una herramienta maravillosa para crear, pero mientras estamos pensando, imaginando o proyectando nos desconectamos de la vida que hay aquí y ahora.

Por ello necesitamos equilibrar ambas cosas. En estos momentos vivimos demasiado tiempo en nuestra cabeza, demasiadas horas al día fuera del ahora. Necesitamos dejar espacios para la observación en los cuales nos entrenemos en observar y sentir.

Al observar (sin interpretar) ya estamos situados en un lugar que está fuera de nuestra mente y desde el cual podemos jugar con el pensamiento a crear realidades. Este lugar es espacioso, amable y confortable; un lugar lleno de vida.

 

La verdad es toda silencio

 

Comentaba con un amigo sobre las cosas que decimos sin hablar. Le decía que no hace falta justificarse ante nadie pues el que lo hace en realidad hace una confesión de lo contrario. La verdad, le dije, es aquello que se transmite sin palabras. Las palabras tienen poder pero no tanto como la verdad.

El verbo siempre esconde otra realidad más allá de lo que expresa puesto que el pensamiento que articula es sólo una porción de la misma. La verdad es aquello que se percibe sin ser dicho; aquello que te cuenta una persona antes de empezar a hablar, aquello que nunca necesitarás que el otro te diga pues su energía ya te lo está contando, aquello que se advierte incluso en la distancia.

Explicamos muchas más cosas sin hablar que articulando palabras.

Estas a menudo suelen mentir por un propósito del ego del que las expresa, pero la verdad finalmente no puede evitar mostrarse; mirando a los ojos de una persona podrás verla a menos que esa persona haya decidido conscientemente no mostrártela, ante lo cual su mirada será el final del camino, la puerta cerrada, la cortina tras la cual la persona decide ocultarse.

El cuerpo en su totalidad también nos cuenta su verdad, los gestos, los actos y todo lo que rodea a alguien nos cuenta su verdad sin necesidad de leer ninguna biografía.

Le dije a mi amigo que es mejor poner nuestro empeño en hacer las cosas bien en lugar de esforzarnos en explicar nuestros logros; y sobre todo en decir siempre la verdad pues de todas formas ésta siempre encuentra el camino para expresarse; si hemos mentido no podremos entonces evitar quedar en evidencia.

La verdad tiene el lenguaje del silencio y con él llega mucho más allá que cualquier palabra. Cuando conectamos con el silencio esa verdad nos llega hablando sin palabras de una forma clara y directa; entonces oímos esa voz sin voz que nos llega con una certeza abrumadora atravesando el corazón.

La verdad no deja espacio a la duda, lo ocupa todo. Es tan cierta como el amor o la alegría. Cuando percibes la verdad sabes que lo que el silencio te está contando está más allá de toda duda.